Desde el inicio de la
historia antigua, los seres humanos hemos intentado transformar unas sustancias
en otra, así por ejemplo, en el año 200 a.C., Bolos de Mendes intentó
transformar un metal en otro, principalmente el plomo en oro (no se andaba con
chiquitas para hacerse rico), y otros muchos intentaron desempeñar dicha tarea
sin éxito durante varios siglos.
Fotografía de Stevebidmead en Web bajo licencia Creative Commons CC0
Entonces introducimos el
concepto reacción química, que es un proceso en el que los átomos, las
moléculas o los iones de una sustancia se transforman en los propios de otra
sustancia química distinta.
La sustancia que se modifica
se llama reactivo y la resultante (la nueva) se llama producto. Siempre que se produce una
reacción química, se rompen unos enlaces en los reactivos y se forman otros
nuevos en los productos.
Para “escribir” una reacción
química usamos las ecuaciones químicas que son la representación abreviaba de
una reacción química mediante las fórmulas de las sustancias que intervienen en
el correspondiente proceso.
Para escribir una ecuación
química vamos a seguir dos pasos:
-Se escriben las fórmulas de
los reactivos a la izquierda y la de los productos a la derecha, ambos
separados por una o por dos flechas según sea irreversible (la que tiene lugar
solo en un sentido) o reversible (puede desencadenarse en ambos sentidos),
(menuda oportunidad para introducir otros dos conceptos…):
Irreversible: C + O2 → CO2
Reversible: N2 + 3H2 ↔ 2NH3
-Se ajusta la ecuación ya
que, de acuerdo con la ley de conservación de la masa, en las reacciones
químicas los átomos se reordenan pero no se crean ni se destruyen, con lo que
el número de átomos de cada elemento químico ha de ser el mismo en ambos
miembros de la ecuación.
Esto de ajustar lo dejaremos
para la próxima entrada.

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